APRETADA con un nudo la garganta, encogido el corazón, inicio esta columna con el cuidado de hacerme entender; también de que las lágrimas no emborronen el folio. Que Garbiñe haya cambiado de forma y mundo no es sólo un asunto personal: concierne a una pequeña gran historia que salta cual ciclón por los muros de los barrios de San Mamés, Basurto y Olabeaga; un vendaval de vida que no sólo convencía, doblegaba. No, no era una mujer cualquiera. Hablar de Garbiñe sería importante en la prehistoria clandestina de las ikastolas. Eso lo dejo para más versadas plumas, pero en esta efímera columna tan sólo quiero destacar una cosa: la contagiosa pasión por vivir de un corazón enamorado hasta el final.
Los niños que en el año 46 llegamos al barrio del campo San Mamés, a su famosa Casa Grande, éramos hijos de emigrantes, manchados por el odio de la posguerra y cantos del cara al sol. Sin embargo, la casa de Garbiñe y Niko Medizabal fue para mí un oasis de convivencia donde comprendí a otros niños que no hablaban como Cervantes, ni pensaban como Felipe II, ni reaccionaban como el Gran Capitán…
Con esa vital mujer, madre de catorce hijos -quince conmigo, ¿verdad?- aprendí a amar. Y a ser amado por quienes para mí eran diferentes. Madrugadas sin final bajo los acordes del piano de don Niko. Gracias a esa pareja enamorada respiré otros aires. Como ahora, en este mayo respiro en el jardín de la Misericordia tanta primavera, tan inmortal, tan reverdecida. En su viento, Garbiñe, tú eres luz y viento, flotas y en su césped rebrotas. Lo sé, te respiro.
Cuando en este mayo regrese al jardín de mi niñez, lo miraré con nuevos ojos, me preguntaré una vez más quién fui, y, desde el estanque miraré de reojo hacia aquel tercer piso de Felipe Serrate, que se alza entre los tilos, para sentirme cercano a esa familia incendiada de tu amor. Nunca morirás. Gracias por siempre, amatxu.
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